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Revista de GeografÃa • Número 22 • Año 2018 • Vol. XXII • ISSN 1514-1942 • San Juan - Argentina
nas de difÃcil acceso ya que se jalonaban en el trayecto
las travesÃas
4
. Por ello es que se habilitaron nuevos ca
minos y puentes (Méndez-Fanchin, 1999:121-
124)
5
. En el tránsito regional uno de los principales obs-
táculos lo ofrecÃa el cruce del Desaguadero –rÃo colector
de aguas provenientes de los cursos uviales de la región
cuyana-, se habilitó en 1754 el camino del Bebedero –
llamado asà por la presencia de aguadas en la zona que
atravesaba- aunque en la época fue más conocido como
“camino nuevo†y se esperaba que supliera al anterior,
que por contraste pasó a denominarse “camino viejoâ€.
La cuestión es que en los albores del siglo siguiente ha-
bÃa cinco caminos alternativos, y es que los mismos ha-
bÃan sido trazados por los propios transeúntes a efectos
de evadir el pago de impuestos que se les exigÃa en el
cruce de la ruta ocial (Méndez-Fanchin, 1999: 121).
Control de las poblaciones campesinas y
reactivación económica
Es sabido que, en la organización del espacio
colonial, los centros mineros dinamizaron el sistema
económico. Entre los múltiples problemas que debió
afrontar la corona durante el siglo XVIII, uno fue la decli-
nación de la producción minera desde nes del siglo an-
terior lo cual motivó el afán por promover la búsqueda
o reactivación de otros sitios potenciales de explotación.
Este propósito estuvo presente al momento de plantear
una polÃtica poblacional.
El llamado tradicionalmente Norte Chico chile-
no, con un gran potencial minero, fue el área privile-
giada para la instalación de centros poblacionales. Los
hombres del siglo XVIII estaban convencidos de que el
destino de la región estaba Ãntimamente ligado a la mi-
nerÃa y aunque la mayorÃa sostenÃa que la riqueza que
producÃa, especialmente oro y plata, era necesaria para
equilibrar la balanza de pagos del reino, los más visio-
narios supusieron que podÃa convertirse en un elemen-
to dinamizador de la economÃa (Pinto RodrÃguez, 1981:
14).
Sin lugar a dudas, el afán por reactivar estas explo-
taciones –incluyendo también las áreas comprendidas
del otro lado de la cordillera –en la actual Argentina- ha-
brÃa de estimular las primeras etapas del proyecto fun-
dacional del siglo XVIII.
El proceso se inicia con la fundación de Quillota en
1717
6
, donde la existencia de minas de azogue concuer-
da con el repunte de la explotación de plata, uno de los
metales tradicionales –que conjuntamente con el oro y
el cobre- habrÃan de estructurar la economÃa colonial. En
ese entonces se impulsaba el laboreo de minas en Co-
piapó y se revalorizaba la extracción de ese mineral en
Uspallata. Sin embargo, por las dicultades interpuestas
por los criollos que eran una minorÃa dueños de los te-
rrenos, las medidas de reunicación urbana se retrasa-
ron por casi treinta años, y en otros tantos por mucho
más tiempo.
A partir de la década de 1740 la acción fundacional
cobró impulso, destacándose la fundación de San Felipe
el Real; Cauquenes, San AgustÃn de Talca y San Fernan-
do en 1742, Santa Cruz de Triana (Rancagua) y Curicó al
año siguiente. Luego, entre 1752 y 1755, el gobernador
Domingo Ortiz de Rozas reanudó la fundación de nue-
vas villas, tales como Illapel y La Ligua, entre otras. Nos
detenemos en estas últimas, no sólo porque ambas se
emplazaron en el partido de Quillota, sino porque las re-
ferencias historiográcas muestran procesos análogos a
los sucedidos en otros ámbitos, suscitándose problemas
semejantes en la aplicación de lo proyectado.
En 1752, durante el gobierno de Ortiz de Rozas se
fundó con el tÃtulo de villa de San Rafael de Rozas de
Illapel, que luego serÃa más conocido como “Mineral de
Illapelâ€
7
. Los terrenos donde fue emplazado el asenta-
miento corresponden a los de dos importantes hacien-
das: la de Illapel –perteneciente a la familia Irarrázabal
(Marqueses de Pica)- y la de Choapa de Valeriano Ahu-
mada. La población que habrÃa de instalarse en el nuevo
asentamiento estaba compuesta por peones asalaria-
dos, que por la declinación del sistema de encomiendas
constituÃan la mano de obra empleada en las haciendas
referidas; por esa razón los hacendados pronto manifes-
taron su disconformidad. Estas disyuntivas dilataron las
acciones por más de treinta años, hasta que el Presiden-
te Don Ambrosio O’Higgins ordenó el 12 de noviembre
de 1788 su reedicación, aunque removiéndola al asien-
to que hoy ocupa, al cual debÃan también trasladarse los
moradores dispersos en los parajes próximos. Sin em-
bargo, permaneció estacionaria a causa del desmedro
de las minas de oro en sus inmediaciones, reactivándose
en el siglo XIX (Camus y Rosenblitt, 2000).
Con respecto a La Ligua, fue fundada contem-
poráneamente a Illapel, en 1754, en el sitio donde se
encuentra actualmente. A comienzos del siglo XVIII era
habitada por unas pocas familias que arrendaban terre-
nos pertenecientes a la iglesia parroquial. Además, en
las cercanÃas residÃan otras cinco familias que comercia-
lizaban con los mineros, que por ese entonces habÃan
arribado en busca de vetas aurÃferas de fácil explotación.
Esta circunstancia motivó que fuera reconocida como
Asiento y que se designara un teniente de corregidor en
4 Las travesÃas son zonas despobladas que se caracterizan por la presencia de médanos, vegetación natural del monte como algarrobo y
chañar; en general, carentes de pastos para alimentar al ganado.
5 Hasta se planteó con vehemencia la derivación de aguas para disponer de vÃas navegables que facilitaran el cruce de travesÃas (AGI,
Audiencia de Chile, 38: 138-139).
6 Los terrenos elegidos para su instalación fueron donados por su propietario, el hacendado Alonso Pizarro, quien asumió el compromiso
de vender el resto de tierras requeridas por el valor de 150 pesos la cuadra. AsÃ, esta como posteriormente Los Andes serán las únicas
poblaciones en las cuales los vecinos tuvieron que pagar para adquirir los solares (Lorenzo, 1986: 23).
7 Con esa denominación gura en el empadronamiento general de población de 1777 (AGI, Audiencia de Chile 177).